¿Qué sueño es mentira? Se requiere infinita fe para creer en la existencia de la realidad.
Luis Cardoza y Aragón, Dibujos de ciego
BITÁCORA DE REALIDADES
I
Alguna vez soñé, de niño,
que tenía la facultad
de hacer el mundo a mi manera.
Al despertar hice el intento:
pases mágicos aprendidos en películas
para que allí, en el patio de la casa
surgiera, rápido y perfecto, un paraíso:
algún jardín exótico, con pájaros y peces
en estanques azules movidos por la brisa.
No es necesario recordar aquel fracaso
pero no olvido las risas infantiles
de los vecinos más burlones.
Otra ocasión: teniendo veinte años,
tuve de nuevo el sueño aquel, casi igualito.
Por la mañana me fui al campo
y a la orilla de un pequeño charco
de fondo casi negro
estuve viendo el mundo atentamente,
buscándole rendijas
por donde hacerle entrar a fuerzas
un milagro.
Miré la luz erguir sin prisa tallos,
algunas flores visitadas por abejas
y el agua evaporándose, ascendiendo,
volviéndose invisible.
Pero no pude hallar la forma
de convocar allí un prodigio.
Sólo después, al ver cómo el desierto
iba creciendo lentamente
sobre un cerro sin árboles
pude comprender al fin
que la creación de paraísos
ya no está de moda
y que no es cosa de palabras o de trucos.
Así que al ir al campo insisto:
arranco polen a una flor
y la coloco en otra,
alejo a los insectos
de las hojas maltratadas
y orino largamente
junto al tronco de un árbol.
V
Soñé que había ciclones
inundando casas, campos, las ciudades
y que flotaban animales río abajo;
en las calles nadaban cocodrilos
mientras la gente tiritaba
en azoteas y en árboles, llorando.
Soñé también un bombardeo
desde aviones y tanques, desde barcos
que a miles de kilómetros mostraban
su poder tenebroso, imperturbable,
luciendo sin pudor una bandera
de estrellas sobre barras blancas, rojas.
Traté de frenar la pesadilla
pero a continuación surgió ante mí
un campo devastado por matanzas
y niños lentamente agonizando
de un hambre ósea, ilógica, siniestra.
Soñé a continuación con un banquete
donde hombres y mujeres bien vestidos
se mentían mutuamente mientras urdían
cómo obtener más oro, cómo quedarse
con las últimas tierras comunales.
Soñé que la selva era talada
y sus habitantes no podían defenderse
contra gigantescos buldóceres,
contra los empresarios compradores de las leyes
y se morían también de enfermedades
fulminantes y extrañas, quizá nuevas.
Apareció en mi sueño brevemente
la guerra de baja intensidad
que los paramilitares y el ejército
hacían en un lugar llamado Chiapas.
Soñé que estaba en un país
donde la gente sólo hablaba repitiendo
lo que veía en la tele tarde a tarde
a pesar de saber que le mentían.
Soñé que el mundo estaba calentándose,
que los polos se estaban derritiendo,
y que algunos arrecifes habitados
comenzaban a ahogarse lentamente.
Ya no quería soñar pero seguía:
ante mis ojos ocurrían fraudes,
asesinatos día a día más violentos,
represión en las fábricas, minas, migración
de la gente que buscaba una salida
hacia otra realidad, dejando pueblos solos
como espejismos viejos que los días
tal vez terminarán borrando.
No sé cómo evadir la pesadilla,
el sueño se ha alargado tanto ya
que dudo llegue por sí misma la vigilia.
Trataré de tomar un sucedáneo:
tal vez pueda despertar
oyendo una canción de moda
o viendo una película filmada
en un lugar que me recuerda a Hollywood.
Afortunadamente sé
que se trata nada más
de un sueño.
VI
Veo en el sueño el suelo rojo,
el pasto es rojo, los árboles más rojos todavía.
El viento rojo mueve rojas ramas y algo cruje
como si fuera sangre a punto de arrastrar las rocas
más pesadas.
Las nubes de levedad rosa casi violentada
lloviznan rojamente sobre el día.
De pronto, el vuelo de algo se me impone:
un pájaro amarillo
que distraídamente raya el horizonte
volviendo anaranjado lo que roza.
VIII
Una vez quise soñar un elefante
pero soñé un ratón.
Quise soñar ese ratón de nuevo
y soñé cien mosquitos.
Quise dormir al menos sin soñar
pero llegó el insomnio.
XII
Que soñar no cuesta nada, dicen.
Y aunque ya no lo creo, trato
de que en mis sueños no aparezca el hambre,
que nadie enferme o que no existan
desastres naturales, guerras, odio.
Aunque siempre termina en pesadilla
incluso el erotismo con mujeres
que empiezan siendo bellas y terminan
convertidas en monstruos o en ausencia.
Pero a fuerza de tantos despertares
con ansia o con terror, con taquicardia,
a fuerza de ambular debilitado,
neurótico y furioso, con desidia,
he llegado a intuir la paradoja:
si en vigilia permito hacer del mundo
lo contrario a mi sueño, el sueño nace
retorcido y precario y me fatiga.
Creo que no puedo dormir bien
porque comprendo aún muy poco
lo que es realmente andar despierto.
FRAGMENTOS DE IRREALIDAD
FIDELIDAD DEL TACTO
Para entender tocamos cada cosa.
Percibimos así
el misterioso cuerpo que habitamos.
Nos detenemos casi con lujuria
en cada miembro,
pero nos llama la atención un poco más
la parte izquierda sobre el pecho:
es su latido un golpe débil, persistente.
Luego avanzamos con las manos por delante,
encontramos objetos de índole rugosa:
alguna silla, un plato
que se rompe,
una pared que, casi atenta, nos detiene.
No es que no podamos ver cada momento:
los ojos nos informan cada cosa.
Es sólo que algo adentro del cerebro
se ha dormido y ya no quiere
traducir el sentido de este mundo.
Sólo las manos nos responden
—quién sabe qué favor nos agradecen—.
De algún modo así nos la arreglamos
para andar como siempre
buscando comprender la inexistencia.
De pronto tropezamos
y al caer
un algo raro nos escurre
de la boca.
Pero no es sangre ni saliva:
las manos tentalean su superficie
(un algo etéreo, cálido, angustiado),
pero no saben traducir
—las pobres—, apenadas
casi susurran al decir
“parece un grito”.
SIN SINAPSIS
Esa neurona que permanece despierta
cuando las otras se abandonan
al sueño o la inconsciencia:
no percibe bien la claridad que asoma
por una mínima rendija de entendimiento.
No sabe si el color es cosa
o solamente sombra, imagen
de quién sabe qué sentido.
Intenta así, de todos modos,
admitir las circunstancias del entorno, acariciar
muy suave y lentamente sus estímulos.
Pero al tratar de transmitir algún impulso
sin que ningún axón le de respuesta
comprende que no entiende casi nada:
todo le parece inútil y vacío,
el sabor-sonido- tacto-aroma-luz que intuye
no puede interpretarse;
mínimamente logra vislumbrar:
para sentir la realidad
necesita que otras la acompañen.
SABOREAR LA CLARIDAD
Saboreo la madrugada a lengüetazos,
ya que la vista y el oído no responden.
He podido sólo comprender
que estoy despierto a medias
y que existir es algo amargo y pegajoso.
Lamo los restos de mi sueño
y logro percibir
un gusto a mar, salado y amplio: solo.
Por lo poco que alcanzo de mi cuerpo
creo ser un animal marino,
un algo blando y húmedo y pesado
yaciendo en una playa oscura
que los otros sentidos no comprenden.
Lamo después el aire, lo retengo
a fin de que la lengua identifique
algún indicio, una señal exacta
que me precise el sitio y la razón
de estar así, tumbado a medio pensamiento,
sin que la vista o el oído entiendan,
sin que el olfato sepa hacer su oficio
y sin que el tacto pueda distinguir
entre lo blando y lo filoso.
Lamo, obstinado, alrededor,
y siento tela, posiblemente sábanas,
porque la lengua se ha escaldado, pero sigo:
hasta que el mundo del sabor de pronto cambia:
las papilas han hallado claridad:
el gusto suave y levemente ácido
de una mujer que sueña al lado.
SOÑAR SIN FANTASÍA
Una mujer no aspira a príncipes azules,
personajes ridículos de novelas rosas,
ni quiere al viejo rabo verde
que la mira con morbo
desde su plateada limusina.
Hay mucho rojo en los periódicos:
es demasiado gris el tiempo
para fantasear,
además se las ve negras
sobreviviendo día a día.
Le gusta el mar turquesa
bajo el crepúsculo naranja
y el ámbar refrescante
de una cerveza oscura.
Detesta la idea de casarse de blanco,
pero tiene una ambición:
el hombre que ame
deberá gozar de un buen café
y soñar con ella hasta despierto.
ADORMECIDAS PALABRAS
SUEÑAN DESPERTAR
1
Este es un poema de bajo presupuesto
o quizá es un sueño que ha pasado de moda
aunque tiene sus misterios igualmente:
advertimos que a falta de metáforas
le hemos puesto vidrios de colores,
un espejo algo viejo, deslucido,
una nube muy blanca
y un pequeño cacto casi seco.
A falta de un buen ritmo
repetimos una y otra y otra vez
la palabra silencio
y a cada rato usamos el qué,
muchos artículos, la “i” griega.
El libro del que forma parte
no llegará a tener la cantidad
de cuartillas que exigen en los premios.
Por otro lado, importa poco:
quién sabe cuáles
sean realmente los criterios
para asignarle esos dineros a uno sólo.
Igualmente es poca la poesía
para gastarla así,
por algunas monedas de plata.
Ya se dan cuenta
que recurrimos sin temor hasta a la prosa.
Lo importante es que el poema
tendrá en algunos lados agujeros suficientes,
no para admitir por ellos
el flujo de la luz o la belleza
sino para que permita ver
cómo hasta la palabra más reseca
es capaz de mostrarnos el mundo.
3
Abajo, sal que crece y quema entre las rocas,
después un humo azul hurgando el viento,
un espejismo inolvidable pero breve
que es picoteado por un pájaro amarillo
(todo el paisaje está fluyendo como nunca).
De pronto, la cara de alguien se entromete,
alguien amargo, con arrugas excesivas,
que mira y mira al pájaro,
al humo, al espejismo, alguna nube,
y vuelve a ver, ajeno, el puerto,
pero por más que lo intentamos
no sabemos lo que piensa.
4
Sueño
Oro petróleo
árbol pájaro
hambre amarillo silencio
Oro petróleo
árbol sierra
hambre verde silencio
Oro petróleo
fuego guerra
hambre rojo silencio
Oro petróleo
limusina
hambre negro silencio
pesadilla.
7
La frase necesaria
para hacer de estas palabras un poema
tiene derechos reservados
y no alcanza el presupuesto para usarla.
El vocablo que pudo completar
la densidad que falta en este verso
ha sido corrompido por el uso
de funcionarios y políticos retóricos
que en vez de mejorarlo mataría.
Pensé en algunos juegos,
en metáforas sublimes, en metátesis,
paronomasias, elipsis, calambures.
Pero no quiero hacer un poema hermoso
sino filoso, roto, que corte la mirada
para poner detrás palabras muy prosaicas:
como hambre, como patria, como amor.